viernes, 13 de septiembre de 2013

Lugares (publicado en Granada Hoy el martes, 10 de septiembre de 2013)


Hay lugares que merecen un monumento. Bueno, hay lugares que son monumentos en sí mismos. Tener la oportunidad de presenciarlos, de vivirlos, de sentirlos es uno de los grandes privilegios que tenemos los seres humanos. Y no hay que irse muy lejos. Mi ciudad, Granada, está llena de ellos y es ella toda un privilegio y un bien a conservar, aunque algunos vecinos se empeñen en no enterarse y actuar en consecuencia. No me canso de recomendar rincones a los colegas tanto españoles como extranjeros que me visitan. Tiene la que probablemente sea la calle más bonita del mundo, el Paseo de los Tristes, y uno de los atardeceres más bellos, el que se contempla desde el Mirador de San Nicolás. Sin embargo, cuando Bill Clinton lo puso de moda entre sus compatriotas, probablemente no había visto otro aún mejor: el que se disfruta a través del espacio escénico del teatro municipal La Chumbera, en el Sacromonte. Los inefables ocres y rojos de la Alhambra refulgen ante el público que probablemente se dispone expectante, ansioso, emocionado, a disfrutar de un espectáculo flamenco. Pocos crepúsculos pueden parangonarse con ese.

Pero si espectacular es la caída del sol, ¿qué me dicen ustedes de su salida? También yo puedo presumir de haber presenciado amaneceres de primera. Los que como yo hemos tenido la fortuna de despertar en la costa de poniente del Mar Menor, esa laguna salada de espectacular belleza y de no menos espectacular peligro de extinción medioambiental, solo nosotros hemos sido ungidos por los dioses para contemplar un espectacular espejo plateado (el agua hay días que se muestra excepcionalmente calma) al fondo del cual se eleva majestuoso el astro dorado recortándose a través de los edificios de La Manga y de la montaña de la isla del Barón. Créanme que si, además, la visión se efectúa desde los humedales donde habitan temporalmente los flamencos (de nuevo el flamenco) y otras zancudas, el espectáculo es indescriptible. Pero yo, además, durante unos cuantos veranos he tenido una oportunidad única. La ventana de mi dormitorio, perfectamente orientada a levante, dejaba entrar hilos de luz a través de las pequeñas rendijas de una persiana convencional casi cerrada. La magia obraba en ese momento y la habitación se convertía mañana tras mañana en una gran cámara oscura que proyectaba la imagen (invertida) del Mar Menor en las puertas de mi armario. ¡Lo primero que contemplaban mis ojos al despertar era una postal! Hay lugares que son monumentos y esperan a que nosotros los convirtamos en tales presenciándolos, viviéndolos, sintiéndolos y contándolos.

martes, 27 de agosto de 2013

El lado equivocado (publicado en Granada Hoy el martes, 27 de agosto de 2013)


Hace dos semanas comentaba aquí casos extremos de influencia religiosa nociva en nuestras sociedades. Pero hay otras situaciones menos evidentes, más sutiles, e incluso más cercanas a nosotros que igualmente tienen su origen en la influencia religiosa. Es el caso de muchos de nuestros comportamientos sociales, de nuestra idiosincrasia e identidad a veces calificadas de latinas y que yo, sin embargo, identificaría más como herencia religiosa. El siglo XVI fue clave en la historia del mundo occidental y se podía caer en uno u otro lado de la contienda. A nosotros, desafortunadamente, nos tocó el equivocado en vez del triunfador. Con todo un imperio y unas riquezas sin parangón en la historia de la humanidad, nuestros mentecatos monarcas optaron por subrogarse a los intereses del Vaticano y con ellos a toda la cultura de haz-lo-que-sea-que-siempre-hay-momento-para-el-arrepentimiento-y-el-perdón-finales. Se puede triunfar siendo un vago. Es más, si se cometen desmanes, un buen acto de contricción en el momento adecuado lo arregla todo en un plisplás. He aquí una de nuestras máximas culturales nacionales: el más listo es el que gana más dinero con el mínimo esfuerzo. En el otro lado, en el de la Reforma, el interés por separar lo divino de lo terreno condujo a la comprensión de que solo el esfuerzo te dirige al triunfo. Es verdad que en ese lado a menudo se confunden éxito con mérito a veces injustificadamente, pero también es verdad que les hace aplicar medidas sensatas para labrar el futuro. Ante la necesidad de recortar por la crisis, unos —los de este lado y con tristeza he de reconocer que independientemente del color político— concluyen que todo lo que no produce un beneficio directo e inmediato (no se sabe si a todos o a unos pocos), como la educación, la salud y la investigación científica merece la fortuna de ser sacrificado en aras de la mejora económica. En el otro lado ya se dieron cuenta hace mucho del ingente esfuerzo y tiempo que hay que dedicar a esos tres pilares básicos de la sociedad para que se pueda labrar un futuro sin lastres y sin taras y deciden no ya recortar como en otras partidas sino incrementar los presupuestos. Véanse los casos de Alemania y Estados Unidos. Esa postura tan nuestra no es sino una concesión a la pereza intelectual que impide a nuestros gobernantes comprender lo mezquino y lo parcial de sus medidas fáciles. La prosperidad no se alcanza trincando sino trabajando. Espero que si en algún momento se dan cuenta de su error y se arrepienten no encuentren fácil el cristiano perdón.

martes, 13 de agosto de 2013

Ojo avizor (publicado en Granada Hoy, el martes 13 de agosto de 2013)

Nos duela más o menos a algunos, es innegable que las sociedades reciben una impronta demasiado grande, yo diría que determinante en muchos aspectos, de la religión. Tanto es así que aún hoy en día hay zonas del mundo que no han superado la Edad Media. ¿Cómo es posible que se admita como democrática una constitución que establece la igualdad entre hombres y mujeres salvo en aquellos casos en los que se conculque la ley coránica? ¿Qué ley coránica? ¿La que interpretan los iluminados imanes, únicos con la razón suficiente para comprender los textos? El común de los mortales no puede entenderlos en toda su extensión y, por tanto, es hasta recomendable que no los lea. Así se le pueden contar adecuadamente. (Eso me recuerda mi infancia y adolescencia en la que crecíamos, sin ir más lejos, con el mito de Job como el paradigma de la paciencia. Sin embargo, si alguien se lee detenidamente el Libro de Job, comprueba cómo sus reacciones ante un Yahveh insidioso, cruel y caprichosamente despiadado son las normales: las de la queja, la rabia y casi la blasfemia porque este señor era humano). Pero es más, para deshonra y vergüenza de occidente, se confunde tolerancia con modernidad y se permiten tales prácticas medievales en medio de nuestras calles. Que una mujer no solo acepte sino que desee llevar un burka, o incluso un simple pañuelo sobre su cabello, como muestra de su modestia, castidad y sumisión al varón debería ser motivo de bochorno colectivo y erradicado de nuestra vida diaria, de la misma forma que fue erradicada la esclavitud: no olvidemos que había esclavos —y sobre todo esclavas— que adoraban a sus amos. Por eso admiro los valores republicanos franceses que, simplemente, han prohibido semejantes manifestaciones en lugares públicos. Que los países supuestamente democráticos toleren en otros la aparición y juego en las urnas de partidos semi o totalmente religiosos simplemente mirando hacia otro lado no deja de ser una muestra hipócrita de que lo que de verdad interesa a los políticos: el equilibrio de fuerzas necesario para mantener el statu quo inclinando siempre la balanza a los intereses de quienes los mantienen en el poder. Si algo ha supuesto el alcance paulatino de la modernidad en occidente, siempre lento pero progresivo, es en desprendernos del poder terrenal del clero, en la separación de lo divino y lo humano. Pero aún queda mucho por recorrer y muchos son los intentos de involución. El otro día, por ejemplo, el obispo de Sant Feliú de Llobregat decía que los fetos no son posesión de sus madres. Estemos atentos.

lunes, 29 de julio de 2013

Bonhomía (publicado en Granada Hoy el martes, 30 de julio de 2013)

Hay palabras que casi resultan trasnochadas antes de hacerse dueñas de la escena de nuestros comentarios y conversaciones. Que nos abandonan sin apenas hacerse notar, con esa humildad ya tan en desuso por los propios hablantes. Tanto es así que, a veces, hay que enseñárselas al diccionario del ordenador —el cual puede ser más extenso que el del común de los mortales—. Eso me ha ocurrido a mí ahora mismo con el título de este artículo: bonhomía. Siempre me ha gustado esta palabra. Por su sonoridad, pero también y sobre todo por su significado. Esas afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento con que el diccionario describe bonhomía. Me ha gustado siempre por la escasez de las personas a quienes atribuirla y porque siempre he pensado que la mejor manera de definir a mi padre era destacar su hombría de bien. Pero  este artículo de hoy no va dedicado a mi padre. 


Si es difícil encontrar personas afables, sencillas y humildes en la vida diaria, las dificultades aumentan en un mundo tan competitivo como el científico en el que —siempre lo he manifestado con claridad— la mayor motivación es la vanidad. Sentir que uno ha entendido algo antes que el resto de la humanidad y además es reconocido por ello alimenta los voraces egos de los científicos a falta de recompensas crematísticas. Y eso es así durante toda la vida profesional, a pesar de que, como en otros ámbitos, el periodo culminante de la carrera científica se sitúa estadísticamente alrededor de los cuarenta y cinco años. Después de ese momento, la actividad se diversifica y la lucidez inspirada se emplea también en conducir a otros más que en crecer uno mismo. Por eso es tan difícil encontrar a alguien, como el amigo a quien dedico estas letras, que más allá de los cincuenta (y él de los sesenta) haya continuado aumentado su estatura científica de la forma que él lo ha hecho. Y lo que es aún más admirable: se ha ido haciendo una autoridad de talla mundial con el paso continuado de los años, con la blanca repoblación de su cabello y su barba, a la vez que su sonrisa franca, su mirada limpia, su gesto afectuoso, su palabra amable y su conversación exenta de rencores y de críticas nos han recompensado a todos aquellos quienes tenemos la suerte y el orgullo de ser sus compañeros y, además, sus amigos. No voy a decir tu apellido, José Antonio, porque tu propia bonhomía te haría ruborizar, pero todos los que me conocen, los que nos conocen, saben desde el principio a quién me estaba refiriendo.

miércoles, 17 de julio de 2013

Gente guapa (publicado en Granada Hoy el martes, 16 de julio de 2013)

Hemos crecido con un montón de mitos culturales en los que la belleza, de raíces siempre helenas, a menudo se relacionaba con su origen divino. Historias en las que Zeus yacía con otra diosa para el nacimiento de Afrodita, con la hija de unos titanes para procrear a Apolo, con una reina mortal para traer al mundo a Hércules, o incluso adoptaba formas animales para seducir la hermosura de mortales como Leda o Europa. El dios judeocristiano no era tan promiscuo como el griego pero en él, sin embargo, hemos de encontrar también el origen de toda belleza puesto que hizo al hombre a su imagen y semejanza (su parte más bella debían de ser sus costillas...). El caso es que por los dioses y sin ellos, la especie humana deambula —entre otros— por el derrotero que proporcionan los cánones de apariencia externa. El color de la piel o del cabello, la forma de la cara, la altura o la esbeltez del talle, unos ojos zarcos, glaucos o luminosamente negros, la blancura de unos dientes tras la carnosidad de los labios, la tersura de unos pechos o la rotundidad viril de unos hombros son, entre muchos, parámetros con los que cotidianamente juzgamos a nuestros congéneres en un acto de entrega plenamente sensorial a nuestra naturaleza. Pero, además, no solo deseamos ser guapos sino parecerlo y nos envolvemos (o deliberadamente no) en ropas y afeites que disimulen y realcen lo que de natural poseemos.


Ha sido mi cuarta visita a Suecia y he vuelto a constatarlo. En ninguna otra parte he visto semejante concentración de personas excepcionalmente bellas como allí. Es verdaderamente impresionante. Por supuesto que hay gente normal e incluso fea —a mi juicio, claro está—. Es la densidad de mujeres extraordinariamente guapas y elegantes (y hombres también, he de reconocerlo) por cada cien mil habitantes la que es destacadísima en ese rincón del globo. Mi estupefacción fue mayúscula la primera vez, pero no ha cesado en las otras tres visitas. A veces me ha hecho sonreír pensando que el paradigma del despertar sexual español de los sesenta y setenta, “las suecas”, no sólo tenía que ver con la apertura cultural y de costumbres que nos venía de países menos dependientes de la caspa y la carcundia, sino que se debía también en parte a la fisonomía singular de las escandinavas. Créanme que si las españolas hubieran tenido las mismas oportunidades que los españolitos de la época, los suecos habrían compartido el mito. Ambos venían del país de la gente guapa. Si creyera en dioses, diría que Odín se esmeró especialmente.

martes, 2 de julio de 2013

Viajes (publicado en Granada Hoy, el martes, 2 de julio de 2013)

Una de las principales recompensas —extrínsecas a la investigación— que me ha otorgado mi trabajo científico ha sido, sin duda, la oportunidad de viajar por casi todo el mundo. El beneficio que uno obtiene de los viajes siempre supera las molestias y cansancios. Las tierras que observa, las formas de vida que aprende, las obras de arte que atestigua, la fisonomía de las gentes ensanchan el horizonte vital y nos ayudan a vivir constatando el hecho casi mágico de miles, de cientos de miles, de millones de vidas paralelas a la nuestra. ¿Se ha parado Vd. a pensar que mientras que está leyendo esta columna el resto de los habitantes del planeta están realizando alguna otra función que Vd. mismo desempeñará en breve, o lo afortunado que es por no tener nunca que llevarla a cabo? Vidas que caminan por senderos en apariencia distintos pero que guardan con los nuestros paralelismos inexcusables. Vidas tan libres o tan cautivas, tan gozosas o a veces tan tristes, tan afortunadas o no dependiendo de los ámbitos geográficos, económicos o políticos. Con idiosincrasias tan diversas que uno aprecia acaso más proximidades culturales en el Extremo Oriente que en la propia Europa. 


El embeleso por los nuevos paisajes, la sorpresa por las viejas (o nuevas) urbanizaciones, la benignidad o inclemencias del tiempo, la forma de reírse de las gentes, sus fórmulas de cortesía, los prejuicios comunes a cada sociedad, las maneras de comportarse en público, la sonoridad del lenguaje —alguna tan próxima, otras tan lejanas—, todos y otros muchos más son elementos enriquecedores que solo los viajeros pueden apreciar. Siempre me ha gustado decir que viajar es la mejor vacuna contra el ombliguismo, contra la estrechez de miras que nos conduce a pensar que vivimos en el paraíso. Como aquí no se vive en ningún sitio. Pues no, oiga, como aquí y mejor que aquí se vive en muchísimos sitios y la pena es que no podamos disfrutarlos todos. Porque, además, los juicios son relativos. Lo que es mejor para mí ahora, puede no serlo para Vd. mañana. Viajar nos previene de pensar que somos distintos porque hablamos diferente o comemos distintos alimentos o poseemos más variadas tecnologías. Nos hace ver que, en realidad, esos argumentos pueblerinos con que demagógicamente nos asedian de cuando en cuando los políticos, solo obedecen a razones de poder y, por tanto, económicas. Y es que son esas diferencias las que nos hacen ser iguales sin ser los mismos. Por eso, justamente porque he vuelto a ver diferencias en mi último viaje, porque he visto diferencias y también similitudes es por lo que he decidido escribir esta columna. 

lunes, 17 de junio de 2013

Preguntas de un ignorante (publicado en Granada Hoy el 18 de junio de 2013)

Vaya por delante que mis conocimientos de economía me sitúan en esa vasta categoría de ignorantes que, sin embargo, sufren lo que los grandes conocedores, los grandes gurús, los insignes políticos tienen a bien. Vaya por delante que lo que aquí planteo no es fruto de un sesudo estudio académico y que, por tanto, me someto audazmente a la crítica de esos talentosos intelectuales que controlan la economía mundial. Sin embargo, mi afeitado e higiene diarios se ven invariablemente alterados por las noticias hasta el punto de llegar al riesgo del corte facial o de la conjuntivitis causada por el champú. Me asaltan preguntas que les transmito, amigos lectores, por si alguno tiene a bien respondérmelas y, con ello, alfabetizar económicamente a este pobre diablo que les escribe. 


¿Por qué el PIB de los países debe crecer sin pausa? ¿Qué desastres son previsibles si el crecimiento es nulo o, por un tiempo, levemente negativo? ¿Por qué la escala de medida es el año y no el lustro, por ejemplo? A lo mejor las cifras dejaban de ser tan alarmantes si se las promediara en periodos más largos. ¿Por qué se consideran derroches las inversiones en pensiones, educación y sanidad públicas —y por tanto carne de recortes— y no los dispendios en la proliferación cancerosa de políticos que, con desfachatez, se suben los sueldos? ¿Por qué las mismas evaluaciones numéricas que inducen a nuestros talentos preclaros a la tijera indiscriminada, tras la evidencia del fracaso de sus políticas, no los inclinan a un poco menos de corte y un poco más de confección?¿Por qué les permitimos que nos vendan como ciencia unas predicciones que más bien parecen resultados de estudiantes que desconocen —o menosprecian deliberadamente— variables tan importantes como las usadas? ¿Por qué se atienden a unas interpretaciones de los datos y no a otras en un ejercicio de mínima honradez científica y política? ¿Por qué se permiten los paraísos fiscales, incluso en el seno de supuestos estados de derecho, y no se los prohíbe, aborrece o asfixia diplomáticamente según el caso? ¿Por qué hay libertad de movimiento de capitales cuando se cercena el mero asentamiento de las personas?¿Por qué el error de cálculo o exceso de confianza de un particular ha de pagarse con el desahucio y la continuidad de la deuda mientras que al banquero le permite retirarse con una pensión millonaria? Mucho me temo que preguntas como estas van a seguir amargando mi higiene matinal y con ella el día entero mientras que el objetivo supremo sea el dinero y este se consiga con más facilidad en los parqués bursátiles que mediante la producción de bienes que tiendan a aumentar el bienestar de las personas.

lunes, 3 de junio de 2013

Malaf... no, mala educación (publicado en Granada Hoy el 4 de junio de 2013)

Siempre he dicho que mi condición de granadino voluntario me capacitaba más que a los naturales de la plaza para ensalzar las muchas bellezas que alberga esta ciudad embrujada, de mil rincones encantadores, de maravillosas luces y de no menos espectaculares y singulares sombras, con unos edificios que dan para escribir libros de más de ocho siglos de historia del arte. Me acuerdo que cuando convencía a mi mujer para trasladarnos, evocaba esa idílica primera etapa granadina mía durante mi época de estudiante. Ella, con su siempre lúcida racionalidad, me prevenía de lo que podía no ser más que sublimación de recuerdos ya antiguos y por tanto limados de toda arista incómoda. He de decir que tanto ella como yo no cesamos de alegrarnos por nuestra decisión, después ya de quince años que vivimos en Granada. Sin embargo, hay algo de esta nueva etapa que no pude prever con la información de aquella primera: la malafollá. Mi ingenuidad adolescente de entonces la atribuía al mal gusto de algunos que “infundadamente” acusaban a los habitantes de esta maravillosa ciudad. (En aquellos tiempos sí sublimaba uno todo). 


Como tantas otras cosas, el pasar de los años te enseña que, como le leí una vez a Antonio Gala, “un tópico no es más que una verdad que se repite mucho”. Y así es, porque este tópico encierra mucho de verdad. Para los no iniciados en la vida granadina hay que decir que la malafollá representa un cierto esprit de vivre, un supuesto gracejo o sentido del humor especial de los naturales de esta vieja ciudad en el que se refleja un aire fatídico de la vida. Pero es que, escudados en ese pesimismo conformista granadino, numerosos lugareños llegan a mostrarse hoscos y zafios sin que uno llegue a entender por qué y, desde luego, sin que llegue a parecer gracioso o agradable. ¿Cómo es posible que en la cochera de mi casa, al encontrarme a un vecino, este no me responda a mi saludo previo? ¿Por qué uno debe ser el primero en saludar al entrar en un comercio para no ser correspondido después? ¿Por qué no se puede reprender a un conciudadano cuando deliberadamente tira desperdicios al suelo sin recibir una retahíla de improperios? ¿Por qué no se respetan los lugares públicos como hospitales y se utiliza el teléfono a voz en grito? Hay tantas preguntas como estas que uno, en fin, llega a sospechar que más que malafollá, aquí abunda la mala educación. ¿Es eso cierto? ¿Es figuración mía? Como granadino voluntario también me creo capacitado para solicitar encarecidamente la colaboración de mis convecinos a fin de despejar mis dudas y erradicar esta sospecha.

lunes, 20 de mayo de 2013

Coincidencias (publicado en Granada Hoy el 21 de mayo de 2013)


Me duele en el alma coincidir con los monárquicos como me duele coincidir con el clero, pero he de admitirlo. Ni reconozco el derecho a la familia real para contraer matrimonio con plebeyos, ni comprendo las quejas de los sindicatos cuando protestan por el despido de un profesor de religión divorciado. 

En el primer caso, me río cuando algunas mentes preclaras manifiestan lo arcaico que sería que los eslabones de la cadena sucesoria no pudieran casarse por amor. Niego la mayor: lo que es arcaico es la monarquía y su carácter hereditario. Pero una vez aceptada, la monarquía ha de someterse a unas reglas muy estrictas que destaquen su papel simbólico. Los miembros de la familia real no deben casarse con aficionados sino con profesionales que conozcan y tengan asumido perfectamente su papel, previa consulta parlamentaria, y en ningún caso se les puede consentir ejercer profesiones con ánimo de lucro. Si me apuran, optaría porque los cónyuges fueran adefesios y algo cortos de luces para evitar veleidades que los aparten de su ocupación de floreros institucionales. Príncipes e infantes han de ser funcionarios públicos con sueldo del estado y, al mismo tiempo que gozan de no pocas prebendas, han de sufrir limitaciones por su carácter singular. Y si no están de acuerdo, si acaso aspiran al ejercicio de la ciudadanía libre, ha de ser con todas sus consecuencias, esto es, previa renuncia a lo azulado de su sangre, caramba. 

El segundo caso me parece obvio: la expulsión resulta completamente coherente con la doctrina eclesiástica. ¿Cómo puede alguien enseñar religión católica si se ha divorciado o se ha sometido a un aborto? El mismo obispo que les proporciona el trabajo los remueve de su puesto, en perfecta coherencia con sus creencias. Lo que es inadmisible, y ahí no veo a los sindicatos protestando, es la gracia especial que le concede un estado supuestamente laico a la iglesia para que nombre a su antojo a señores, que no han pasado por prueba de suficiencia alguna, equiparándolos en derechos salariales y laborales a funcionarios que han tenido que superar una dura oposición. Lo que es irritante es que se modifiquen, y a veces hasta se cercenen, los currículos en no importa qué materias importantes, pero ni siquiera se discuta la presencia de la religión en la escuela cuando se la debería erradicar de la misma, tal y como se hace en países civilizados.* Así es que me resulta triste reconocerlo, pero coincido con monárquicos y con clérigos. Terribles coincidencias.

* Este artículo fue escrito antes de la aprobación de la ley Wert. RIP educación. Pobre país.

martes, 7 de mayo de 2013

Los colores del cristal (publicado en Granada Hoy el 7 de mayo de 2013)


Cuando pienso en la historia que nos enseñaban en los años sesenta y setenta, experimento un verdadero cóctel de sentimientos desde el sonrojo hasta la rabia. Sólo se destacaban las áreas menos comprometidas del pasado remoto o los episodios que hablaban de pasajes gloriosos que reforzaban una imagen tan monolítica como falsa de una España maniquea, unidad de destino en lo universal, en la que el lapso musulmán no era sino oprobio y la sacrosanta expulsión de moros y judíos había constituido uno de los mayores éxitos por los que sentirse orgullosos. Por supuesto, las dos etapas republicanas eran mencionadas como de pasada, como verdaderos interludios entre las actuaciones beatíficas de reyes que hoy sabemos absolutos, abyectos o necios. Pero es que además se nos vendía con impunidad que vivíamos en un reino (¡sin rey!) en el que todo gobierno provenía de la intervención divina directa. Y la geografía no podía ser menos. Enorme ahínco en la memorización de accidentes físicos y capitales de países, pero ningún atisbo de discusión relativo a diferencias políticas, no fuera que por estudiar los modos republicanos surgieran en las nuevas generaciones irreverentes instintos contra el orgullo monárquico. Hoy, sin embargo, se emplean dos cursos enteros en conocer que el pico más alto de Lanzarote se encuentra en el macizo de Famara a (nada menos que) 671 m mientras que se ignora por completo dónde se encuentran el Mont Blanc, el Kilimanjaro o el Everest; se dice que el río Ebro es un río catalán que nace en tierras extrañas; o se emplean dos semanas en aprender las líneas de autobuses urbanos de Valladolid. Así mismo, se contraponen ¡en páginas adyacentes y con imágenes del mismo tamaño! a Tanausú y a la reina Isabel I de Castilla cuando, además, no se ha oído hablar de Carlo Magno o Catalina la Grande. Es cierto que los contenidos han disminuido desde entonces, pero no la tendencia al adoctrinamiento con (distintos, eso sí) intereses políticos espurios. Seguimos tal como éramos. Luego, algunos claman contra la educación para la ciudadanía, como si aprender los valores democráticos constitucionales, los derechos individuales y civiles, la igualdad entre sexos, o los comportamientos de mínimo respeto en público fueran verdaderos atentados contra la libertad individual. Por favor, no nos tomen el pelo. Enseñen a nuestros hijos a ser críticos, a juzgar por sí mismos, a no creer en supercherías y a entender que, excepto en ciencia —y a veces también en ella—, “todo depende del cristal con que se mira”.

lunes, 22 de abril de 2013

Educación (publicado en Granada Hoy el 23 de abril de 2013)


De tanto en tanto aparecen lamentos en la prensa acerca de la situación de la educación en nuestro país. No quiero decir la totalidad, pero sí la inmensa mayoría de ellos son un alegato en favor de las llamadas humanidades supuestamente maltratadas en favor de las ciencias y las matemáticas merced a una supuesta visión utilitarista y tecnocrática imperante en nuestra sociedad. Tras admitir la certeza del diagnóstico —el maltrato curricular de esas disciplinas— discrepo absolutamente de la explicación de su origen —el fortalecimiento de las ciencias—. El aprendizaje de las ciencias ha sufrido el mismo menoscabo en el decurso de las múltiples invenciones del modelo educativo que ha experimentado nuestro país que, en realidad, ha sido entregado a una visión igualitarista ignorante. Han tratado a las sucesivas generaciones como si fueran cada vez más necias, confundiendo igualdad de oportunidades (exigible) con igualdad de capacidades (inexistente). Quiero decir además que las humanidades no tienen la exclusividad de lo relacionado con el espíritu y lo supuestamente más elevado en el ser humano. La ciencia y la tecnología tienen un origen tan elevado y espiritual como aquéllas y, además, no están hechas por extraterrestres sino por seres humanos con las mismas capacidades, las mismas carencias, las mismas aspiraciones y los mismos deseos que los de los humanistas. Conviene además recordar a esos ilustrados columnistas que técnica y tecnología son parientes etimológicas en primer grado de las artes. La mera contraposición de los dos conjuntos de disciplinas es, sin duda, miope y cortoplacista, amén de promotora de una ruptura necia de lo que debe ser único: la cultura. Lejos de verse excluyentes las unas de las otras más bien habría que verlas complementarias: aún recuerdo cómo el latín me ayudaba no sólo a comprender la sintaxis castellana, sino que servía como eje de mi estructura racional científica; cada día compruebo cómo ese espíritu racional, heredado de la matemática y la física, me sostiene intelectualmente tanto para entender una obra literaria como para desmantelar las falacias con que me inundan a diario políticos y periodistas. Igual que ya no se estudia el latín, resulta difícil encontrar alguien que entienda la relación estrecha entre el teorema de Pitágoras y el fundamental de la trigonometría. Créanme que si estos columnistas siquiera sospecharan esta última relación y su utilidad para entender el mundo que nos rodea, expresarían un pesar y una nostalgia aún más devastadores.

martes, 9 de abril de 2013

Madurez (publicado en Granada Hoy el 9 de abril de 2013)

Hace veinte o treinta años me irritaba oír que una buena novela era casi invariablemente una obra de madurez y que cuando un escritor joven conseguía una obra maestra no era sino una muestra de inusual comprensión del mundo. No lo entendía; me negaba a aceptarlo con ese atrevimiento tan ingenuo pero tan feroz que te ofrecen los pocos años y las muchas ambiciones, el idealismo militante y la autosuficiencia soberbia.  Yo me creía capaz, nos creía a los de mi edad, de cualquier empeño y de cualquier hazaña y, por supuesto, de comprender la vida en toda su dimensión. Desde entonces ya ha llovido mucho y se aprende poco a poco, casi imperceptiblemente, que hay mucho de verdad, mucho de estadística en aquellas aseveraciones. El paso del tiempo te enseña que, en paralelo al deterioro físico, ése que duele tanto y por el que tantos pierden a veces hasta la sensatez, se va consolidando un aumento paulatino de la sabiduría, del conocimiento del mundo, del entorno, de las personas, de la sociedad. Jamás me he sentido tan plenamente dueño de mí mismo, ni tan capaz de seguir adueñándome de mis propias circunstancias, como en los últimos años. Soy yo. Sé quien soy. Sé qué quiero y a quién quiero. Y sé que aún puedo saber muchas más cosas. Conforme pasan los años voy entendiendo cada vez más la importancia de las relaciones en el seno de la familia, de los amigos, las profesionales, las interculturales, las grandes generosidades, las pequeñas mezquindades, la excepcionalidad de la brillantez, la brillantez de la normalidad. A la vez que voy comprendiendo la seducción del poder y el poder de la seducción como nunca los había aprehendido, progresan otros conocimientos en materia sensorial y estética que innegablemente enriquecen mi vida: nunca había sido capaz de definir los sabores, los olores y el tacto como he ido aprendiendo a hacer gracias a ese elixir de madurez que es el vino y a los placeres de la buena mesa; cada vez soy más capaz de estremecerme ante la belleza de un buen libro, una buena ópera, un hallazgo científico. La vida en pareja se hace más fácil y a la vez más compleja, a veces irritante y a veces plena de sentido y fertilidad. Las conversaciones con los amigos son más ricas, se multiplican los silencios y los entendidos en una urdimbre, que si no goza de la fortaleza abrasadora de la amistad adolescente, sí puede ser más útil para la comprensión del mundo y quizá tan duradera. Con absoluta certeza sé que no escribiré una gran novela, pero ahora estaría mucho más cerca de hacerlo que entonces.

martes, 26 de marzo de 2013

Tierra y hombres (publicado en Granada Hoy el 26 de marzo de 2013)


Me debo estar volviendo viejo. Nunca antes me habían resultado tan evocadores los paisajes. Pero ayer me sucedió como aquél otro día de hace un par de meses en Arizona. Las cosas habían cambiado radicalmente y, sin embargo, la sensación placentera de estar contemplando una tierra con ojos distintos, nuevos, esclarecedores de una esencia (o al menos eso me creo) me inundó de nuevo. Ayer no me llevaban; era yo quien conducía. Ayer no iba solo. Veía y hablaba y disfrutaba la perspectiva con ella. Como tantas otras veces en los últimos veintiocho años. Y compartíamos puntos de vista y discutíamos con la misma vehemencia con que solemos hacerlo. De tantas cosas, de tanta gente. Tanta vida. Y a la vez, casi sin percatarnos, la escena se iba haciendo dueña de nosotros. Nos penetraba. Iba dejando una huella indeleble. La insolente rectitud de aquel entonces se tornaba en la sinuosa voluptuosidad de una bella carretera con curvas. La calma planitud del desierto se cambiaba por el ondulante vaivén de la campiña cordobesa y jienense, por esa bella sucesión de colinas redondeadas cuya superficie lisa y elipsoidal recuerda una interposición de caderas femeninas de piel tersa y fragante que se recuestan de costado en una tierra aún más honda, más profunda, que apenas podíamos distinguir porque se podría decir que la sobrevolábamos. Volvíamos de la tierra y a la tierra y a través de ella a la razón materna de todo. Y nos envolvían los colores verdes de los prados que se dirían vello aterciopelado de aquellas caderas y los marrones descarnados dispuestos a que la vida despierte en ellos. Pero era imposible perder la atención de esas otras colinas peinadas con pulcritud milimétrica, moteadas con precisión ortogonal por el verdadero icono de esta tierra y estas gentes, ese olivo legendario cuyo humilde achaparramiento es fuente de ese oro líquido con el que nos habíamos deleitado a la hora del desayuno. Cuando uno contempla la orgullosa altivez de esas colinas comprende inmediatamente la otra altivez (que diría el poeta), la de esos hombres y mujeres que las han hecho posibles y que año tras año se empeñan y se afanan en extraer el producto de esa madre voluptuosa y caprichosa que es la tierra. Y uno, que no es andaluz sino por vocación, comprende inmediatamente que Andalucía también es esto, su tierra y sus olivos, y que sus gentes, creadoras en cierta medida de ambos, pueden sentirse y verse reflejadas en ellos.

sábado, 16 de marzo de 2013

Ex cathedra (publicado en Granada Hoy el 12 de marzo de 2013)

Los seres humanos tenemos una clara tendencia a creernos en el uso y posesión de la verdad. Tal sesgo puede resultar inocente e incluso divertido en un tertulia entre amigos y, a la vez, puede ser inmensamente peligroso cuando quien lo esgrime tiene verdadero poder sobre otras personas. Por eso la sociedad, a lo largo de su historia, ha ido estableciendo reglas que limitan, que modulan esos poderes aunque no siempre lo ha conseguido. Los seres humanos somos (a veces) tan sensatos que la propia infalibilidad del papa, ésa que muchas beatas creen a pie juntillas, ni ha existido siempre (se estableció en 1870 en el Concilio Vaticano I) ni tiene lugar cada vez que habla (sólo es infalible cuando lo hace “ex cathedra” porque entonces se supone lo hace por inspiración divina): la última vez que habló “desde su silla” fue en 1950, cuando Pío XII estableció la asunción de la Virgen (¡toma inspiración!). Y es que, claro, hay que limitar de alguna forma la autoridad del papa por mucha que se le quiera reconocer. Por eso, yo que critico a Stephen Hawkins cuando pontifica diciendo que los seres humanos estamos a punto de conocer el universo por completo (será él porque, desde luego, al resto de los mortales nos falta aún bastante), me irrito sobremanera cuando veo la desfachatez e impunidad con que nuestros dirigentes políticos actúan e intentan hacernos comulgar con ruedas de molino. ¿Cómo es posible que los mismos a quienes el comienzo de la crisis los pilló mirando a otro lado sean quienes ahora dicten las normas que han de seguir las economías nacionales de los distintos países? Tan sólo sabemos que la administración Obama va a exigir responsabilidades a Standard & Poors. A ninguna otra se le ha ocurrido. ¿Cómo es que tras la constatación del retroceso de prácticamente todas las economías europeas, incluida la alemana, nuestras tecnocráticas e ilustradas autoridades continúen insistiendo en las políticas de austeridad? ¿No se dan cuenta que la experiencia está demostrando palmariamente la equivocación de sus teorías? Manejan variables sin justificación y utilizan extrapolaciones que más se parecen al barrunto del brujo de la tribu que a verdaderas teorías falsables con fundamento científico. ¿Se pensarán que somos ineptos? ¿Creerán que hablan ex cathedra? Oigan: ustedes están recortando mi salario, reduciendo mis derechos ciudadanos, permitiendo que mis vecinos se vean desahuciados; está bien, pero, por favor, no insulten mi inteligencia.

http://www.granadahoy.com/article/opinion/1478920/ex/cathedra.html

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Ignorancia, retórica o cobardía? (publicado parcialmente en el diario Granada Hoy el 26 de febrero de 2013)

Por más que rebusco en el diccionario, en los diccionarios, no consigo ver ese concepto moral del honor, tan español por su intangibilidad, asociado a algo que no sean personas. Por más que intento recordar de los libros que he leído alguna excepción, por más que me atrevo a justificar alguna acepción que se refiera a otra cosa que no sean seres corrientes y molientes, ciudadanos para los que existe un sentido del deber y cómo cumplirlo, no lo logro. Por eso, cuando estos últimos días estos politicastros de medio pelo nos aturden haciendo referencia al honor de su partido, entro en la perplejidad más absoluta, casi en parada cardiorrespiratoria: no se de qué me hablan. ¿Será ignorancia lo que les lleva a utilizar ese término? Me digo que no, que no puede ser: la mayoría de ellos son "de letras" o, por lo menos, se les supone un cierto grado de educación que impediría tamaña equivocación. ¿Será, por el contrario que, en un alarde de retórica, están personificando esas beatíficas organizaciones suyas tratando a la vez de enaltecer el castellano? No puedo responderme sino en negativo por la mera constatación empírica de la altura de los debates parlamentarios en los que la pueril locución "y tú más" es sobreabundante, pertinaz como la sequía. Desde finales del siglo XIX, las cotas de la elocuencia política sólo han llegado en escasas ocasiones a la categoría del "Al alba, con fuerte viento de levante..." con que nos regalaron la noticia de ese motivo de orgullo patrio tan pírrico como el de Perejil. ¿Qué será, pues? ¿Por qué insisten unos y otros en la honorabilidad de su partido como si con ellos no fuera personalmente esta película? ¿Por qué no mencionan directamente el nombre de quien los acusa con sus anotaciones, una persona física, bien física y bien tangible, no como el honor, sino que se sienten ofendidos y mancillados por anónimas campañas (los malvados medios de comunicación) que sacan a la luz las pruebas de dicha acusación? ¿Por qué mienten y tratan de insultar nuestra inteligencia negando la albura a lo que jamás podrá tener el más mínimo indicio de oscuridad? (Léase blanqueos fiscales efectuados por honorabilísimos imputados, que no condenados). ¿Qué persiguen sus señorías? ¿Será acaso que su gallarda postura los lleva a escudarse en el anonimato del grupo, de la masa? ¿Será que con ello quieren esparcir sus responsabilidades entre la siempre fácilmente inflamable comunidad gregaria? ¿No se dan cuenta de que entre sus militantes y simpatizantes mayoritariamente honrados e intachables, puede haber un buen número que no se deje vender gato por liebre y, consiguientemente, les salga el tiro por la culata? ¿Por qué en esta piel de toro nadie dimite cuando  se ve envuelto, aun sólo en su entorno, por asuntos turbios o cuando su partido, tan democrático él, le hace comulgar con ruedas de molino? ¿Es tal la fascinación y la dependencia generadas por el poder? ¿No serán estas posturas meras declaraciones de la más infame cobardía que pretenden poner al partido como víctima de conspiraciones bastante inverosímiles por otra parte? Digo esto porque periódicos tan difícilmente conciliables como los dos de más tirada en nuestro país han coincidido en estas denuncias. ¿No sería mucho más fácil contestar que sí, que toda esa contabilidad manuscrita no es sino mero borrador de la (única) que con toda transparencia obra en manos de la autoridad tributaria? (Resulta bastante inverosímil que sólo los apuntes que ya han sido reconocidos por sus destinatarios sean ciertos y que el resto, en su conjunto, sean pura falsedad). Me temo que cualquier otra explicación, declaraciones de la renta incluidas, nos resulte a la mayoría de los ciudadanos extraña y torticera. 

Pero esta actitud irresponsable y vergonzante no sólo se exhibe en uno de los lados de la cámara. Sus otras señorías que tanto gustan de oírse a sí mismas protestando por la conducta de los otros ante los micrófonos de la prensa, no pasan del cachete parlamentario amistoso, casi dulce, equiparable al de la madre amantísima que trata de enjugar las lágrimas de su bebé. ¿Será que, en el fondo, también tienen algo que ocultar? Ante esta situación, es normal que la ciudadanía se encuentre hastiada de políticos ignorantes, iletrados y cobardes, pero más aún de un sistema de partidos y un sistema electoral que favorecen el medro de estos y que impiden las mínimas salubridad y transparencia que un sistema que se llama democrático debería poseer para sentirse decente.

http://www.granadahoy.com/article/opinion/1468717/ignorancia/retorica/o/cobardia.html

martes, 1 de enero de 2013

Un chiquillo y sus gafas

El otro día volvió a ocurrir. Mediaban unos pocos miles de kilómetros y del orden de entre 15 y 18 años, pero volvió a ocurrir. Ya no se trataba de la enorme cuesta de 11 km entre Santa Cruz de Tenerife y La Laguna. Rodábamos por la andaluza A 92, pero volvió a ocurrir. Ya no era el mismo coche (¡qué prodigio habría sido si hubiera perdurado tantísimo!), pero volvió a ocurrir. Ya no íbamos solos esta vez. Nos acompañaban su madre y su hermana, pero volvió a ocurrir. Ya no lo llevaba al colegio. Él ya es adulto, independiente, cabal. Íbamos esta vez a Cartagena a pasar las fiestas con la familia, pero volvió a ocurrir. Y sonó igual de gratificante, igual de fresco que la primera vez. He de reconocer que no tan desternillante como entonces, pero la sonrisa, inevitable, volvió a esbozarse en mis labios. Ahí estábamos de nuevo mi hijo y yo. Yo, conduciendo; él, leyendo y entresacando en voz alta pasajes del libro que tenía entre las manos. Ya no era "Manolito gafotas". Se trataba esta vez de "Mejor Manolo".

Parece mentira como un hecho cotidiano, tan sin importancia aparente, ha podido suponer un vínculo tan estrecho entre mi hijo y yo. Pero es así. De aquellas mañanas en que, a eso de las siete y media salíamos de casa, nos metíamos en el coche y nos dirigíamos al cole, al principio solos, luego con su hermana, mantengo vivos dos sucesos en mi memoria. En ambos brotaron con profusión las lágrimas de mis ojos (bueno, he de reconocer que soy de lágrima fácil). El primero fue puntual: un sólo día cuando el crío me preguntó por la muerte de mi padre, su abuelo, recientemente fallecido. La distancia geográfica (Tenerife y Cartagena) y la ilógica brutalidad del cáncer (sólo tenía 59 años) le habían arrebatado al abuelo que pudo ser y del que sólo disfrutó durante un par de breves episodios de apenas quince días. Aún puedo percibir el ahogo y el nudo en la garganta. La naturalidad y perplejidad del crío contrastaban con el desgarro tan próximo en el tiempo. El segundo fue continuado. Durante varios días, él me leía un trozo del libro que en aquellos momentos tenía entre manos. La mezcla entre la frescura e ingenio del texto y, por qué no decirlo, el desparpajo de un mengajo que leía ya por aquel entonces mejor que muchos adultos, con una entonación precisa y con el énfasis justo en el momento oportuno, me hacían carcajearme y llorar de risa. La situación se repetía cada mañana. Tenía que esforzarme por concentrarme en la carretera y sus peligros. ¡Qué momentos inefables! Nunca se volvió a repetir con ningún otro de los muchos libros que aquel lectorcillo voraz consumía. Quizá por eso quedó tan grabado en mi memoria.

Para un pedante como yo que se vanagloriaba de haber inculcado a su hijo la afición por la lectura través de el Quijote, no deja de ser paradójico que un libro como "Manolito gafotas" resulte tan emblemático. Es verdad que alguna que otra noche dormía al pequeñajo con "Don Pijote", como el repetía con su lengua de trapo, en vez de utilizar alguno de esos otros libros cursis e insulsos que, más que estar escritos para niños parecen estarlo para idiotas. Pero qué duda cabe que fueron otros, muchos, los que le hicieron apreciar el placer de leer, por conocer historias y mundos y los que, al final, le hicieron decantarse por estudiar lenguas. Y todo ello a pesar de (o quizá a causa de) tener una mente analítica y crítica que a mí me hacía albergar esperanzas orgullosas de que continuara mi oficio científico. Y entre esos otros libros, Manolito, ahora mejor Manolo, ha desempeñado un papel importante y yo no puedo menos que estarle agradecido a ese otro chiquillo y a sus gafotas. Su voz (la de su autora Elvira Lindo) todavía permanece en mi memoria auditiva; aparecía en la radio y siempre era chispeante.

Por eso, un pedante como yo, varios de cuyos escasos tuiteos han sido para alabar las pequeñas perlas que en Twitter deja Antonio Muñoz Molina (¡cuánto las admiro!), no podía dejar pasar el anuncio de la nueva aparición de la saga en ese mismo medio. También sigo a Elvira y fue emocionante. En cuanto lo leí supe que tenía que regalárselo a Jorge (así se llama mi hijo). La ocasión apareció en el aeropuerto de Barajas, a la vuelta de un viaje a Estados Unidos. No al Nueva York que Antonio y Elvira me han hecho desear aún más con sus escritos porque, a pesar de haber visitado ese país unas cuantas veces, a pesar de haber vivido allí un año entero, nunca he pisado la ciudad fuera de sus aeropuertos. El mío era otro viaje de trabajo que como suele ser habitual relega la compra de los detalles a la familia a las horas de espera entre avión y avión. En esta ocasión no había que pensarlo: el regalo estaba claro. A Jorge le tocaba el libro. 

El regalo me fue devuelto el otro día. Sin que yo se lo sugiriera. Simplemente porque parecía la cosa más normal del mundo. Ahora que apenas coincidimos en el coche porque nuestras vidas se van volviendo más paralelas. En uno de esos pocos momentos de rotura convergente del paralelismo, mi hijo nos leyó unos cuantos párrafos del libro que tenía entre manos. No estábamos solos, pero así disfrutamos los cuatro.


jueves, 29 de noviembre de 2012

Un desierto muy poblado

Apenas ha amanecido. Nos desplazamos con la serenidad y confort de los microbuses americanos. Hemos salido a las 06:40 de la mañana. ¡Qué hora!, diríamos en España. ¿Por qué no a menos cuarto o a y media? En fin, así son ellos. No tienen que atenerse a redondeos simplones y tampoco a retrasos perezosos como los nuestros. Las 06:40 son y 40, no y 41 o y 39, no; y 40. Y eso a mí me gusta. Al subir me han recibido con un escaso buenos días. Digo escaso porque por estas tierras acostumbran a excederse en las formas corteses que llegan en la mayoría de los casos a la afectación. Pero ésa es otra historia, la del vendedor y el cliente, la del recepcionista y el huésped del hotel, la del proveedor y el consumidor en un país en el que el mercado es un arte. Hoy no. Aquí no. La relación es estrictamente profesional y sobran las alharacas. También es comprensible por la hora. Los pocos pasajeros que van en realidad al trabajo, al observatorio, dormitan con la resignación y la cierta voluptuosidad que dan las prendas de abrigo cuando uno se abraza a sí mismo inmerso en el frío y la somnolencia.

Al poco de salir de la ciudad, lo cual es bastante impreciso por mi parte porque Tucson tiene una extensión sobredimensionada como la mayoría de las ciudades americanas; al salir, digo, se extiende ante nosotros la insultante rectitud de la carretera que termina en el horizonte donde se divisa una pequeña (al menos eso parece) sierra en una de cuyas cimas se atisban los telescopios rompiendo orgullosamente por obra del hombre el trabajo de escultura que la naturaleza ha obrado durante milenios. Allí nos dirigimos: al Observatorio de Kitt Peak; uno de los míticos del siglo pasado y con el que me siento vinculado emocionalmente porque de él salieron los datos con que hice mi tesis doctoral, aunque nunca he puesto el pie en sus instalaciones. Estoy en cierta manera emocionado. Voy con ganas. Y eso que a mí, a estas alturas de profesión, los observatorios no me producen atractivo alguno. Los carteles que salpican los arcenes de esa ruta tan cartesiana no paran de hablar de un pasado español. Los topónimos están prácticamente todos escritos en nuestra lengua y hablan tanto de objetos, de colores, de sonidos, de alimentos. Uno se pregunta cómo es posible que con todos estos vestigios que, pertinaces, se han mantenido con el paso del tiempo, la población conozca tan poco la herencia recibida y viva sin planteárselo y aceptando esas otras "historias", esas otras verdades a medias que con el paso del tiempo los políticos de turno y los laudos de sus esbirros con pluma van haciéndoles creer. Pero claro, enseguida me doy cuenta de que esa paradoja no es en realidad tal, o al menos no lo es en la medida de que se repite tanto y en tantos otros lugares. Se trata de la misma anestesia que hace olvidar que el País Vasco nunca fue independiente como tal sino que sus señores feudales se sometieron a la corona de Castilla voluntariamente para no hacerlo por la fuerza a la de Navarra. Por supuesto, el tan cacareado "pueblo vasco" nunca tuvo ni voz ni voto en semejante asimilación, que no conquista ni imposición por la fuerza. Pero es que la pretendida naturaleza vasca de Navarra que hoy reclaman tantos más bien podría haber sido al revés, esto es, la naturaleza navarra (un reino independiente) de los territorios vascongados. Se trata de la misma anestesia que hace mirar con orgullo a los catalanes hacia su tan afamado rey, Jaime I, que nunca lo fue de Cataluña sino de Aragón y quien, entre otras lindezas, provocó una de las mayores corrientes de emigración de catalanes hacia el exterior de la historia con el único propósito de asistir a su futuro yerno, Alfonso X, a la sazón heredero de Castilla. Durante la colonización del antiguo reino moro de Murcia el cual, tras la revuelta siguiente a la reconquista, fue diezmado entre ambas fuerzas invasoras, la de Castilla y la de Aragón, Jaime repobló Murcia con catalanes y bajoaragoneses. Por supuesto no con los más acaudalados y poderosos. Una anestesia que impedía a la burguesía catalana de mediados y finales del siglo pasado ver a muchos charnegos murcianos inmigrantes en Cataluña con patronímicos genuinamente catalanes como Conesa, Ros o Rosique como parte de su propia historia y por tanto despreciarlos convenientemente. Una anestesia semejante a la que hace a los franceses honrar a un Napoleón que, hombre, no es cuestión de utilizar rankings de crueldad, pero a lo mejor no le iba muy a la zaga a Hitler, incluso para con los suyos, en aras de satisfacer sus veleidades imperiales. Una anestesia como... 

Pero bueno, ya me he ido del hilo como acostumbro. Ese camino insultantemente recto atraviesa lo que se conoce como el desierto de Arizona-Sonora (la tierra no entiende de geografía política) y tengo ante mis ojos lo que después me contarán es la nación de los Tohono O'odham, los nativos del lugar. Se trata de un paisaje singular. Con algunas reminiscencias de lugares conocidos como, por ejemplo, en algún momento me pareció ver con el Valle de Ucanca en Tenerife. Pero único en muchos aspectos. Lo primero es que no es un desierto porque está lleno de vida. Hasta donde alcanza la vista se extienden verdaderos mares de arbustos gigantes que, en mi ignorancia botánica, me resultan inespecíficamente familiares y que se entremezclan con gallardía con los miembros más egregios de la flora local: esos formidables, esbeltos, orgullosos, se diría que hasta soberbios, cactus que se erigen desafiantes a la ley de la gravedad. Con una verticalidad de la que uno no se da debida cuenta hasta que dirige su vista a las pequeñas lomas que aquí y allá salpican la planicie. En ellas, el resto de la vegetación parece rendir pleitesía a estos gigantes del desierto y casi desaparece. Al verlos, uno se percata de que no se encuentran perpendiculares al suelo de las lomas que, naturalmente, está inclinado sino que insiste en mantener su centro de gravedad en la vertical de la base de sustentación. ¡Qué portento natural que conoce las leyes de la física mucho antes que los hombres! ¡Qué maravilla natural que se diría precursora con sus acanalamientos de los fustes de columnas jónicas o corintias! ¡Qué capricho antropomórfico al que crecen extremidades a modo de brazos! Enfrentarse a un paisaje así, con unos protagonistas semejantes, es sin duda único y un privilegio para quien, proveniente de la vieja Europa, no deja de sorprenderse ante semejante espectáculo inusual.

Por lo que sí puede calificarse toda esta zona de desierto es por el silencio. Un silencio sobrecogedor que habla a gritos, que lo domina todo, que te envuelve incluso en el interior del vehículo que plácidamente se desplaza por él. Es curioso. Seguramente en cualquier otro paisaje abierto de cualquier otro lugar del mundo, la ausencia de sonidos pueda ser semejante. Sin embargo, aquí se hace presente con una rotundidad, con un peso casi aplastante pero a la vez pacífico, casi balsámico. Un silencio que te permite transportarte a donde quieras, concentrarte en lo que quieras, recapacitar sobre el motivo de tu visita, sobre las expectativas que traes en tu modesto equipaje profesional. Un silencio que te permite observar en línea recta, siempre hacia adelante, cómo la sierra va creciendo paulatinamente ante tus ojos.

Y de pronto esa calma se interrumpe bruscamente. El microbús se ha detenido para recoger a unos pocos nuevos pasajeros, trabajadores del observatorio. Y con ellos llegó el sonido. Se trata de ciudadanos de origen mexicano, un origen que llevan esculpido en sus rostros y en su piel. Un origen que los conduce a mezclar ruidosamente (indiscutible sello hispano en medio de la quietud protestante y anglosajona) un castellano gentil, casi cantado, con sus inconfundibles localismos —alguno de ellos inculto pero no exentos de exotismo a los oídos de un español—, con un inglés de pronunciación impecable, seguramente con sonoridad diferenciadora, pero que ya quisiera uno para sí. La conversación animada de los hispanos también termina por decaer y extinguirse. El sopor de la hora lo puede todo y los sumerge, también a ellos, en el letargo. Y el camino, contumaz, no abandona la rectitud hasta que alcanzamos la sierra. Por fin la proximidad de las curvas, por fin el acercamiento que permite apreciar más convenientemente las escalas. Cambiamos la recta en el plano por la curva en la pendiente. Casi por arte de magia el recorrido se hace más familiar. La insolencia de los cactus se ha cambiado por la serenidad orgullosa de los árboles. La monotonía de la planicie troca en variedad de barrancos y laderas cada una distinta de las anteriores.

Llegamos al observatorio. Todos los pasajeros abajo. La somnolencia transmuta en diligencia y todo el mundo se separa radialmente del vehículo en dirección a sus puestos de trabajo. La concentración de telescopios es impresionante. Pero sin duda, el más significativo, el más emblemático, el más famoso seguramente porque parece de todo menos un telescopio es el McMath, al que yo me dirijo. Luego me contarán que se ha convertido incluso en símbolo de los Tohono O'odham; eso sólo puede pasar en América. Al entrar en el edificio del telescopio me abre la puerta un chaval de inconfundible acento escocés. Se trata de un doctor joven, recién salido del horno, que comienza una estancia posdoctoral con los americanos. Pero a mí quien más me interesa es Bill Livingston. Un viejo sabio que  con 85 años todavía sigue al pie del cañón, que todavía disfruta con el contacto y con los olores de una sala de observación que ya se antoja un poco trasnochada como su protagonista. Una sala que ha atesorado glorias pasadas y a la que el paso del tiempo no le es ajena. Sin embargo, el viejo lobo de mar continúa orgulloso al frente del puente de mando de su nave e instruye al futuro oficial en los detalles y las sutilezas de la vida marinera. Mi puesto de observador externo me permite percibir un aire caduco en las recomendaciones, en consonancia con lo antiguo de la instrumentación pero, claro, las viejas embarcaciones y sus capitanes se resisten de ser enviadas al dique seco. Pero por encima de todo lo que sí percibo es la labor orgullosa del maestro y la atención respetuosa del alumno. Una relación entre dos personas que las vincula ya de por vida. Seguramente más larga para uno que para el otro pero que permanecerá indeleble en ese mundo intangible de los recuerdos. Bill fue el primer científico, ya entonces de mucho prestigio, que me hizo una pregunta tras mi primera intervención en un congreso allá por 1985. Él y su compañero más joven Jack Harvey habían escrito muchas de las páginas que por aquel entonces constituían mi acervo científico y yo no salía de mi asombro y a la vez orgullo mitómano por entrar en contacto con una personalidad de su talla. Hoy he podido recordar con él ése y otros momentos que también implicaban a mi maestro, Meir Semel, quien desgraciadamente nos ha abandonado este año. Hay muchas cosas bellas en este oficio de la ciencia, pero una de las más gratas, sin duda, es el contacto humano que no se restringe a la propia ciencia sino que, de forma natural se extiende al arte, la política, la religión y, en definitiva a la vida.

A las dos de la tarde, antes de lo previsto, doy por concluida mi visita y emprendo el viaje de vuelta al instituto en Tucson. Esta vez el vehículo es más pequeño: un monovolumen de siete u ocho plazas. La vuelta ya no es tan sugerente como ha sido la ida. El camino ya resulta familiar. Los cactus ya no llaman la atención tan poderosamente. Para mí ha sido un día inolvidable.

lunes, 8 de octubre de 2012

Belleza

Muchas veces había pensado que lo que nos hacía distintos como especie era nuestra inclinación a lo inútil, entendiendo esto como lo no estrictamente necesario para la supervivencia. Nuestro empleo de tiempo y esfuerzos en aquello que puede ser perfectamente prescindible. Desde las fascinantes pinturas rupestres hasta los cuadros más hermosos de los más diversos estilos. Desde los pequeños adornos personales prehistóricos hasta la sofisticación extrema de la alta costura actual. Desde las piezas de cerámica y orfebrería, hasta los grandes palacios y edificaciones. Desde la composición de pequeños poemas y cuentos hasta los libros más complejos. Desde la minúscula cancioncilla popular a la más grandiosa de las óperas o sinfonías. 

La experiencia y el paso del tiempo, sin embargo, han ido moldeando mis ideas. Si alguien me pregunta hoy por la característica más importante del ser humano, por esa nota diferenciadora con respecto al resto de las especies animales, yo respondería con una sola palabra: belleza. La capacidad de experimentar conmoción y estremecimiento que nos produce lo bello son verdaderamente inefables. Las sensaciones, ora de serenidad, ora de arrebato voluptuoso, que acompañan la contemplación de lo que consideramos hermoso son sin duda nuestra característica singular. Pero a mí me importa más si cabe nuestra habilidad (de unos más que otros, bien es cierto) para crear y para transmitir la belleza, para hacer partícipes a los que nos rodean de que algo es bello. Esa triple vertiente de apreciación, creación y transmisión de la belleza, en el grado alcanzado por el ser humano, es potestad única de nuestra especie. 

El arte sería el paradigma de lo inútil pero aparentemente imprescindible para el hombre, a tenor de lo que observamos. Nos sentimos casi conminados por el destino a crear objetos que van más allá de la utilidad y que dan sin duda contenido al concepto estético. Lo verdaderamente importante en ese ejercicio humano es el revestimiento, la forma. El fondo, el contenido, puede llegar a ser importante por su utilidad como observación experimental, pero ello puede ser alcanzado en mayor o menor medida por algunas especies superiores de primates o algunos mamíferos marinos. El ornamento, el mensaje de belleza que acompaña a los más grandes monumentos intelectuales de la humanidad (y aquí incluyo los manuales, por supuesto) es lo que verdaderamente los eleva a tal categoría. El tema de una gran ópera puede ser trivial o banal como la mayoría de los de las clásicas lo son. Es su envoltorio dramático y musical lo que la hace eterna. Es esa sensibilidad transmitida siempre de forma distinta por cada intérprete la que la sublima. La historia de una novela puede ser insustancial pero la elegancia, el encanto de su prosa la puede convertir en bella. La escena de un cuadro o una fotografía, el argumento de una película pueden ser irrelevantes y, sin embargo, la mirada del artista los convierte en verdaderas experiencias gozosas para el espectador. Yo he sido tan afortunado que he podido contemplar en vivo bellezas naturales como el Cañón del Colorado pero he de reconocer que en gran medida me parecen más admirables algunas fotografías o películas del mismo que su mera contemplación directa. Puedo decir  que prefiero las intervenciones de César Manrique en su tierra que la propia isla de Lanzarote. Puedo decir que yo que soy inexcusablemente heterosexual encuentro más bello el cuerpo masculino que el femenino tras la contemplación de las arrebatadoras esculturas de la Grecia clásica. Es esa interpretación humana lo que convierte en bellos los objetos tanto tangibles como intangibles. Es esa comprensión, esa creación, esa comunicación de la belleza lo que nos hace humanos.

Pero es que el asunto no acaba ahí. La belleza no es exclusiva del arte. La mera contemplación y comprensión de la naturaleza, tanto animada como inanimada, tanto de la Tierra como del Cosmos, nos ha resultado sobrecogedora desde los albores de la humanidad. Y ello no ha sido por su interés evidente para la mejora de nuestras condiciones de vida, no. Ello ha sido también movido por una búsqueda impenitente de la belleza. Puede que muchos no lo sepan, pero la emoción que supone comprender algunas conclusiones del álgebra o de la lógica matemática (ya le gustaría a uno conocerlo todo), entender cómo se genera la energía de una estrella o el efecto de sus campos magnéticos en la radiación que proviene de ella, acercarse mínimamente a las leyes de la genética o siquiera sospechar las razones que hacen a una disolución exotérmica y no endotérmica, es verdaderamente una emoción estética en toda regla. Puede que muchos no lo sepan, pero en lo más básico la física teórica no es sino una búsqueda de conservación y rotura de simetrías. Puede que muchos no lo sepan, pero uno puede llegar a darse cuenta de que una ecuación no ha sido resuelta de forma correcta simplemente porque el resultado no mantiene ciertas  propiedades de simetría puramente formal. Increíble: sólo lo bello puede ser cierto en el universo de los humanos. Y sí, si esos humanos que hacen Ciencia persiguen lo mismo y utilizan lo mismo que los que dedican sus esfuerzos al arte, podemos comprender de forma palmaria la futilidad de calificativos diferenciadores como "de letras" y "de ciencias"; se nos hace evidente la ignorancia que esconde calificar de "Humanidades" todas esas disciplinas artísticas por contraposición a la ciencia. Puede haber cosas útiles y bellas. Lo que nos distingue a los humanos no es lo inútil, lo que nos hace singulares es la belleza. Puede que otras especies a su modo también transmitan belleza. Mi ignorancia en materia de etología me impide conocerlo, pero, en caso de ser cierto, ello no será sino una bella muestra más de la evolución.


jueves, 5 de julio de 2012

Todo artificial, nada natural

Un compañero decía hace poco que debía ser todavía joven porque mantiene su capacidad de asombro. A mí debe pasarme lo mismo. Es más, debo estar hecho un chiquillo. Hay tantas cosas que suscitan mi estupefacción que por eso titulé este blog "Y yo me pregunto". No dejo de hacerlo. Incluso el número de preguntas aumenta con la edad. ¿Cómo es posible que lo que a mí me resulta como poco cuestionable no parezca digno del más mínimo análisis por la mayoría de la gente? ¿Cómo se entiende que personas inteligentes, incluso más que la media, acepten como indiscutibles dogmas que no tienen ni pies ni cabeza? Y no hablo de religión, no. Eso tiene capítulo aparte. Me refiero a cuestiones tan cotidianas y tan aparentemente normales como la pretendida equivalencia entre lo natural y lo bueno. No se sabe muy bien si la implicación directa es sencilla, "si algo es natural, entonces es bueno", o si es doble, "algo es natural si y sólo si es bueno". Aunque esta segunda opción parezca exagerada para lo que entiende el normal de los mortales, existen numerosas ocasiones en las que implícitamente (y a lo mejor pese a la ignorancia del que la utiliza) se da a entender que ése es el caso. 

Pero admitamos la implicación sencilla. Lo primero que uno debe decir es que la premisa es cuanto menos discutible. Cualquiera de nosotros podría enumerar una larga lista de productos naturales no ya inocuos sino definitivamente nocivos: ¿qué me dicen de la ponzoña y veneno de ciertas serpientes y arácnidos?, ¿qué del gas metano que producen las ventosidades de los mamíferos y la putrefacción anaeróbica de plantas? Desde luego, no podemos hablar maravillas de los huracanes, tornados, terremotos, maremotos y demás desastres naturales. Puede que muchos de Vds. me digan que no es eso lo que se pretende decir cuando se equipara lo natural con lo bueno. Pero lo que más insulta la inteligencia es que, en un alarde de ignorancia supina, se violenten las normas más elementales de la lógica y se concluya, como se hace en numerosas ocasiones, que lo que no es natural es malo. ¡Hombre! Si la premisa fuera cierta, que ya hemos visto que no lo es, sólo se podría concluir a partir de ella que lo que no es bueno, entonces no es natural. Y claro, obtenemos una sentencia tan falaz como la primera. Para decir que lo no natural no es bueno, habría que admitir la doble implicación que nos llevaría evidentemente a un absurdo porque todos podemos identificar cosas no naturales que son esencialmente buenas.

Supuestamente, al ser más natural, un tomate que se ha cultivado sin la ayuda de agentes químicos es más sano que otro que se ha producido convencionalmente. Puede que sea verdad, que sí, que el sabor no llegue a ser el mismo porque de él no se haya preocupado suficientemente la ciencia, pero no me va a convencer nadie de que sin ciencia, sin química, más de uno de nosotros ni siquiera habría degustado un tomate de esos tan malos y que concitan todos los peligros del mundo para la salud. Por favor, cesen la desfachatez generalizada. No ha habido mayor y mejor contribución a la pervivencia del género humano que la proporcionada por la química. Una ciencia que fue capaz de conjurar las agoreras predicciones maltusianas que, simplemente, ignoraban la capacidad del ser humano para producir cosas artificiales (no naturales), para superar y dominar a la naturaleza de forma útil para la especie. Y es que desde que disponemos de medicamentos (pura química) como los antibióticos y otra gran lista de avances, entre los  que sin duda se encuentran los coadyuvantes químicos de la agricultura, el ser humano ha más que duplicado su esperanza de vida. ¿Me van a decir a mí que debo renunciar a esos tratamientos médicos para nada más que utilizar hierbajos y demás zarandajas por recomendación del primer indocumentado que se me acerque? ¿Me van a decir a mí que no debo comer productos que hayan sufrido un mínimo proceso industrial? Pero lo que también irrita es que esa posturas de la nueva religión ecológica vengan con el abanderamiento de supuestos progresistas. Es muchísimo más progre y más cool acudir en bicicleta a la huerta ecológica donde se produce sólo para los pocos que se pueden permitir ese viaje bucólico y moderno y pueden pagar consiguientemente precios que no están al alcance de los consumidores de supermercados de mayorías. Es muchísimo mejor, no lo voy a negar, el jamón ibérico de bellota que el de recebo o el de cebo, y no digamos que los plebeyos que ni siquiera llevan la etiqueta ibérica; pero gracias a los piensos compuestos, que han contribuido de forma "antinatural" al crecimiento de todos menos los primeros, el grueso de los ciudadanos de la piel de toro puede acceder a comer jamón. Así es que, por favor, dejen también las etiquetas de progrerío de tres al cuarto. Por mucho que duela, la agricultura ecológica es elitista y, por tanto, esencialmente antidemocrática. No me entiendan mal, este último adjetivo no es equivalente a perseguible, ni mucho menos. No pongan en mi boca algo que yo no digo. Sólamente digo que si hay que luchar por el bien de las mayorías, flaco favor se hace denostando la agricultura convencional y "no ecológica". Es maravilloso que se promueva lo ecológico para que, poco a poco, con el aporte artificial de la materia gris humana, logremos productos cada vez de mayor calidad y que puedan alcanzar la despensa de cuantos más mejor. Pero en ese mismo instante, dicha agricultura dejará de merecer el calificativo de natural, porque artificial es lo hecho por mano o arte del ser humano. De hecho, si un agricultor decide utilizar ciertos insectos depredadores en vez de pesticidas puede que mejore la calidad del producto, pero desde luego no se puede calificar de natural a ese proceso: se ha modificado artificialmente el ecosistema. 

Por eso me duelen posturas tan aparentemente bienintencionadas como la del anuncio del ínclito Punset sobre el pan de molde "todo natural, nada artificial".* Y tal anuncio lo hace la persona que ha conseguido un mínimo interés por la ciencia en general en un país como España tan yermo en consideraciones científicas. ¡Qué pena! ¡Qué oportunidad perdida para haber puesto los puntos sobre las íes! Para explicar bien alto y claro que lo único que se esconde bajo esa supuesta naturalidad es el (legítimo por otra parte) interés económico de una empresa que quiere hacer más dinero con las tendencias más actuales. Pero esa búsqueda de beneficios no se ha de hacer aparentando un prestigio prestado por la ciencia. Sobre todo cuando el supuesto científico no es tal sino mero divulgador. ¡Qué estafa mayúscula! Señor mío, ¿habrá algo más artificial que el pan Bimbo? Y con esto no digo que sea malo. En absoluto. Yo lo consumo de vez en cuando y, además, posee propiedades encomiables para la vida de hoy en día. Mañana, sin ir más lejos, hemos de hacer un largo viaje en coche. Llevaremos de este pan portentoso que no pierde esponjosidad desde que preparemos esta tarde los emparedados hasta que los consumamos veinticuatro horas más tarde. Pero si es que el pan de toda la vida es también artificial, amigos míos. ¡Qué obra humana tan fascinante que ha permitido concebir la fabricación de la harina a partir del cereal, su amasado con agua, su fermentación con levadura y su horneado final! Que no nos engañen. Hay cosas buenas y cosas malas, pero tanto artificiales como naturales. De hecho, como tengo una poderosa confianza en el ser humano y en sus capacidades de avance y progreso, casi me inclino, si Vds. me ponen en el brete, por lo artificial. Si ha pasado por procesos de la materia gris, los productos tienen para mí un marchamo de crédito añadido. Es que a mí, si me quitan el E-250 y el H-325 (por poner algo inventado), la comida no me sabe a nada.  Yo, al contrario que Punset, prefiero todo artificial, nada natural.


Digo bienintencionado porque parece que este señor dedica sus beneficios en la campaña a una fundación benéfica. 

martes, 12 de junio de 2012

Cántabros, California, vinos y Philip Roth

Hoy es uno de aquellos jueves que en nuestra niñez brillaban más que el Sol; es día del Corpus. Esto ya no es como antes, sin embargo. La fecha se le escapa al común de los españolitos de a pie, excepto si vive en una de esas (privilegiadas por otra parte) ciudades como Granada o Toledo en las que la tradición sigue mandando y permanece la fiesta local. Aunque estoy decididamente en contra de las fiestas en medio de la semana (algún siglo de estos se pondrán en lunes o viernes como se hace en los países decentes y productivos, con independencia de nostalgias atávicas), he de reconocer que un parón así, a dos días del fin de semana, resulta gratificante y placentero. No todos esos días, no todos los domingos puedo (los sábados siempre tienen ajetreo), pero hoy es de los que me he permitido entregarme a esa perezosa y gozosa indolencia de, por un lado, dejarme llevar por las agujas del reloj; por el otro, abrir el periódico, escuchar la radio, e incluso hacerlo a la vez con la inestimable ayuda de mi adorado iPad. Algún día tengo que escribir algo así como una oda a ese cacharro maravilloso. Incluso me permite el lujo de cambiar con un golpe de dedo de la radio a la música cuando paso del afeitado meticuloso, exhaustivo, pero que me permite escuchar, a la ducha que tan sólo me concede oír debido al repiqueteo perturbador del agua. (Algún otro día también debo escribir algo así como una elegía al verbo oír, que parece haber pasado a mejor vida en los medios de comunicación y con ellos, y por ellos, en la conversación de todos los días).

Tiendo a divagar. Está claro. Todos los que me hayan leído, todos los que me conocen lo saben. Pero es que, como he dicho, hoy es uno de esos días en que la navegación sin rumbo es mi deporte preferido. De hecho, mi intención al levantarme era haber enfocado este artículo de hoy a otro tema —hay un par de ellos que vengo barruntando desde hace tiempo— pero la inmediatez de la noticia, que dirían los periodistas, me ha hecho cambiar de motivación. Hoy mi atención se ha orientado hacia dos hechos dispares pero que por algún curioso mecanismo químico en mi cerebro han provocado el salto de la chispa, la evocación absorbente de momentos sencillos y a la vez plenos, de personas cercanas, unas también geográficamente, otras no tanto. El primero de ellos ha sido el fallecimiento de Manolo Preciado, ese campechano y valiente entrenador de fútbol que no tenía pelos en la lengua y a quien no le dolían prendas para expresar su opinión con independencia de las consecuencias. La gente franca, clara, insobornable, merece todos mis respetos. No soy futbolero, pero este hombre me caía bien. Si me he acercado en los últimos tiempos a este mundo ha sido en gran medida por mi hijo; quién más cercano que un hijo. Y es seguramente a él, a mi hijo, a quien ha podido afectarle más: para él, el universo futbolístico es un valor en sí mismo; es de esas personas —muchas— que gravitan alrededor de esa esferita sin apenas masa para merecer tal gravitación, pero cuyo poder de seducción es evidente porque desata otra verdadera fuerza de la naturaleza. Gracias a él, a mi hijo, me he dejado perturbar más o menos parcialmente por esa fuerza y he aprendido incluso a apreciar la belleza que, ahora sí, sin duda, sé que tiene ese deporte. Pero vuelvo a Preciado porque lo que en realidad me ha conmovido en torno a la noticia de su fallecimiento es la semblanza que han hecho de él los periodistas y los comentarios con que lo han añorado públicamente sus amigos.

El otro acontecimiento en los medios se conoció ayer, pero hoy todavía resuenan, y mucho, los ecos del nombramiento de Philip Roth como Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Para mí ha significado muchísimo este reconocimiento tan merecido. Ha sido como si el premio recayera en alguien cercano, casi familiar, porque así me hace sentir la lectura de sus novelas lúcidas, a veces descarnadas, siempre reales, verdaderas, centradas, universalmente locales, localmente universales. Resulta soberbio comprobar hasta qué punto ese Newark judío y de clase media baja de los años cuarenta puede tener semejanzas con la Cartagena nacional-católica y de clase media baja de mi niñez. Esa universalidad sólo la consiguen los grandes y, sin duda, Roth es uno de ellos. Casi me dejaría tentar por calificarlo de el mejor o uno de los mejores escritores vivos, con ese entusiasmo con el que me lo presentó mi buen amigo Basilio; con el mismo entusiasmo con el que yo, en charletas de café, lo he calificado muchas veces; con la misma fruición con la que mi mujer y yo hemos comentado las sensaciones que nos han producido sus novelas. Pero parece que por escrito uno debe refrenarse un poco y reprimir la vehemencia. Lo que sí está claro es que puedo decir alto y claro los excelente momentos que Roth (y su maravilloso traductor, Jordi Fibla) me hace pasar.


También parece claro lo poco que solemos apreciar la recomendación de un buen libro, una buena película o un buen disco. O mejor, lo poco que nos acordamos de quien nos los recomienda. Yo, sin embargo, sí me acuerdo de que fue Basilio (otro cántabro como Preciado) quien provocó esta verdadera revolución en mí. Ya nada será igual después de leer a Roth. Y recuerdo con exactitud el momento y el lugar. Serían las once de la noche en la penumbra de un bar medio chic de vinos en El Camino Real de Menlo Park, en California. Tenía que ser un buen bar de vinos porque estábamos con Valentín, naturalmente. Tres españolitos invitados a la Universidad de Stanford, en la otra esquina del mundo, para hablar de transporte de radiación polarizada y de medida de campos magnéticos solares. Y a disfrutar un poco de la amistad. Nada menos. Y nada más. Me viene a la memoria ese rato, después de cenar (de la cena no me acuerdo), en el que comenzamos ritualmente por la excitación de Valentín ante la contemplación de los muchos y buenos vinos que allí había y que continuamos reposadamente bañados por la luz mortecina y umbrosa del local, mecidos por una casi imperceptible música (¿era jazz?; no lo sé; sólo la oíamos apenas, no la escuchábamos), embriagados por los aromas y el paladar gustoso de los Zinfandel y Syrah (o Shiraz como les gusta escribir a los californianos). Hablando del trabajo, cómo no. De los colegas: criticando a más de uno, naturalmente. Regodeándonos en ese único premio que nos concedemos y que nos motiva a los científicos: la vanidad. Cuando se está entre amigos que a la vez son colegas es cuando uno se puede entregar con mayor comodidad a ese deporte, más propio de abuelas, de regalarse el oído con lo bien que hace uno las cosas. Qué dulces momentos. Pero cuando esos amigos son más, también hay oportunidad para hablar de todo, de mujeres —claro, siempre—, de vinos —por supuesto— y de libros. Y así aprender, sentir, disfrutar, compartir. ¿Qué mejor ocasión para que le hablen a uno apasionadamente de la estructura molecular de los taninos de este vino u otro o de la preclara visión del mundo del nuevo Premio Príncipe de Asturias?